Dama's profileCabalgando En Las Alas D...PhotosBlogLists Tools Help

Cabalgando En Las Alas Del Viento

ℓα єχρℓσяα¢ιóи ∂є ℓσѕ ѕєитι∂σѕ
July 23

Porque ya no escribo...

 
... ni cuando puedo ni cuando quiero.  
 
Por eso ésto llega a su fin. Definitivo o no.  Me convencí de ser capaz, pero no es cierto. Admiro a las personas capaces de escribir sobre sí mismas y plasmar a modo de terapia compartida sus miedos, esperanzas, desvaríos, anécdotas y sueños -despiertas o dormidas-, pero yo no soy capaz.
Cuando escribo sobre mí... escribo para mí, íntimamente, a solas, con mi conciencia, preguntando sin tener las respuestas. Y creo que en el fondo ni siquiera las busco. No me gusta llegar a las metas, es como... comerse ese último trozo de cono de helado relleno de empalagoso chocolate que tras haberte zampado toda la bola y el barquillo resulta más una victoria terca que un placer.
No.
No soy capaz de escribir sobre mí. Sobre lo que he hecho o dejado de hacer ayer. Ponerles originales sobrenombres a mis (des)conocidos en un alarde de ingeniosa creatividad y escribir con gracia y desparpajo lo que me reí con las tonterías del Hombre Pulpo o la decepción que me ha causado el Caballero de Brillante Armadura. (Es un ejemplo de lo citado).
Me encanta leer a los demás. Mi imaginación da forma, color y vida a esas intimidades que tan alegremente comparten y te hacen sentir momentáneamente un voyeur con pase VIP y sin remordimientos; pero no puedo.
Siento los ojos que me leen. Siento esas visitas a este lugar, preguntándose: "¿habrá actualizado?", puedo imaginarme esas voces cariñosas y cómplices murmurando: "¡pero escribe algo, petarda!".
Y no puedo.
Y no quiero.
 
Mi musa (si alguna vez la tuviere), anda de parranda y exige que o espabilo o presenta carta de dimisión.
 
"Escribo para que mi muerte no tenga la última palabra", dijo brillantemente Odysseus Elytis. O bien ahora que la Parca me gane posiciones me importa un carajo, o bien es ella la que me da por imposible, sea como fuere, hasta aquí hemos llegado.
 
Gracias a los que seguís. A los que se fueron. A los que quedan por venir para leer hasta aquí. Gracias, incluso, a los que nunca estuvieron.
Tal vez algún día vuelva a surcar el cielo cabalgando en las alas del viento.
Tal vez me dé por hobbys más terrenales.
Tal vez aprenda alguna vez a dejar vagar mis dedos sobre el teclado, sin estrujarme las neuronas porque si no escribo algo interesante siento que (me) fallo.
Tal vez... me conozco tan bien y me da tanta rabia contradecirme que por eso odio los "adiós".
 
Hasta luego. Sed felices.
April 04

Monotema IV

 

Soy lluvia, viento
huracán y sequía
universos bipolares en opuestos 

Soy vida,
el placer de estar viva,
Y alaridos en esencia...

Soy palabra, imagen
Sabor, risa, llanto,
mirada y exigencia , 
reclamo de justicia y súplica de ternuras

(KC)

 

 

Llueve en mi noche,
se esconde la luna,
despiertas las estrellas en desvelos
y fluye en silencio, el sentimiento.
En paisaje luminoso de la pluma,
en el libro escrito con promesas
se desprenden las páginas en blanco,
ésas que esperaban el eco de tu tinta,
envuelta en pureza como el color de la nieve,
así, sin borrones de tu esencia.

En el calor del nido y del destino
uniéndose en la cúspide del sueño,
en el último verso enamorado
ocaso de añoranzas
en compás de las huellas entregadas...

Allí me buscarás y estaré siempre
en mil estrellas despiertas y celosas
repletas de intimidades de tu alma,
emigrante del sueño tan furtivo;
Cautivo a miradas de mis besos.

El cielo, nuestro cielo conmovido
en sosegadas lágrimas del verbo,
encarcelado en el remanso de tus brazos
resbalando en cortinas de recuerdos.

Emerge impetuoso el vuelo de tus manos,
las grietas de soledades que antaño persistían,
hoy se alejan al moldear tú lírica, la historia
en sonrojadas odas del más dulce pensamiento.

(Alma Cervantes)

 

La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,

contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.

Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.

Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.

La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.

(José Ángel Valente)

December 05

Albina y Calizo: El Río Animado.

 
*Escrito por Pelayo Cardelús (publicado y a la venta "El Esqueleto de los Guisantes", ed. Random House)
 
~~~~
 
          Susurra el rumoroso río que Albina vio la luz en un golpe de viento gélido y humedad condensada, sobre las crestas desnudas de una sierra. Se deslizó por el vientre materno y planeó sin timón al arrullo de los vientos. Era entonces un copo de nieve, una diminuta paloma de alas blancas y geométricas.

          Segundos después, un desprendimiento de rocas y piedras quebraba el silencio de aquellas soledades. En este alud estruendoso llegaba al mundo Calizo, un pedrusco feo y grisáceo rematado de aristas. Con sus múltiples hermanos rodó por la vertiente bramando de pánico y dolor. Una vez asentado se palpó las magulladuras del cuerpo.

          Aún no se había recuperado cuando observó las hordas kamikazes de copos blancos que atacaban la montaña desde las nubes. Enseguida descubrió la engañosa ferocidad de aquellos dientes, que en lugar de morder daban un beso. Uno de estos copos fue a estamparse contra su lomo.

–¡Ay, menudo coscorrón! ¿Dónde estoy?

–Estás encima de Calizo, el pedrusco más duro de toda la sierra.

–¡Huy, por eso me he hecho tanto daño! Yo soy Albina, la más guapa de todas las gotas del cielo.

          Albina y Calizo se hicieron muy amigos. A todas horas jugaban, reían y conversaban. Pronto formaron un equipo inseparable. En las disputas con los copos y piedras de alrededor, ellos siempre se defendían. Si alguna gota de nieve llamaba feo a Calizo, ella respondía airada que su amigo era el pedrusco más bueno de los alrededores, y si algún guijarro antipático llamaba presumida a Albina, él lo obligaba a retractarse y aceptar que, aunque no lo fuese, bien podría serlo, pues la tenía por la más linda de todas las gotas de nieve.

          Una noche áspera en que el invierno castigaba las montañas, Albina se aferró al lomo del pedrusco y, temblando de miedo, susurró:

–Mi fiel Calizo, nunca me separaré de ti.

Disimulando la emoción que le trepaba a la garganta, respondió él:

–Ni yo de ti, mi pequeña Albina. Siempre estaré a tu lado.

Y se abrazaron para resguardarse de la ventisca. A su modo y manera, se querían.

          Pero una mañana cambió para siempre la trayectoria de su vida. Con la aurora, nítido y lejano empezó a escucharse un rumor infernal. Poco a poco, el ruido fue acercándose hasta llenar de espanto el corazón de la sierra. Una máquina amarilla rugía como un furioso tiranosaurio y despedazaba el suelo con una pala gigante. Albina se agarró con fuerza a las espaldas de Calizo, que a duras penas dominaba su pavor.

La bestia destruía el terreno a pocos metros de distancia. En una de las embestidas, la zarpa de hierro golpeó de frente a Calizo, que salió rodando ladera abajo. Albina voló por los aires y vio a su pedrusco en las fauces del animal. Dio con sus cristalinos huesos en un lugar apartado, y se apretó los dientes para no gritar.

Aquella noche se encontró sola en el mundo, al comprender que había perdido para siempre a Calizo. No halló nadie a su lado a quien decir que el sereno la mataba de frío. Acurrucada en la nieve, se abrazó contra sí misma y rompió a llorar. Asegura el río que hasta las estrellas se apagaron de impotencia.

          Aquél fue un invierno largo y riguroso. Los copos blancos deshilaban las nubes y acolchaban los riscos de la cordillera. La gruesa capa de nieve hundió a Albina en sus recuerdos de infancia. Vivía el presente congelada en el pasado. Los días avanzaban lentos y las noches nunca acababan. El silencio cortaba la respiración y helaba los colmillos de las grutas y cavernas.

Los picos de las montañas emitían al cielo un mensaje secreto de socorro. Cuando lo hubo descifrado, echó leña al sol y lentamente replegó las sombras. Los hielos empezaron a fundirse con un tictac de reloj que acompasaba el despertar minucioso de la vida. Y un año más se produjo el milagro de la primavera.

          Una mañana de abril sintió Albina un calambrazo en su esqueleto: era el sol, que la estaba perforando. Su blanca figura se convirtió en transparente gota de agua. Sin saber cómo ni por qué, se vio rodando a velocidad endiablada por la pendiente. Le maravilló descubrir la flexibilidad de su cuerpo, que se amoldaba sin quebrarse a los accidentes del terreno.

Sorteaba rocas y piedras y se juntaba en el descenso con miles de compañeras. Aquí saltaba y allí buceaba, se escurría entre las gotas y volaba con la espuma de una cascada. Contagiada por la euforia de la multitud, olvidó sin darse cuenta las tristezas del pasado. En su expresión espejeaba de nuevo la sonrisa cándida de la infancia.

Como ella, todas las gotas reían excitadas, burbujeaban nerviosas, corrían despendoladas y se adelantaban unas a otras como si tuvieran prisa. Por todas partes brotaban manantiales, arroyos, riachuelos. La montaña entera parecía una gigantesca ubre.

Tras la sublevación de las fuentes y la anarquía de los rápidos se impuso la calma ordenada del valle. Poco a poco, el río abandonaba sus ímpetus juveniles, a cada curva más sabio y caudaloso. Cruzó bosques de hayas y robles, angostos desfiladeros, espesos matorrales y montes de encinas.

          En aquel tiempo, Albina descubrió los secretos del río: habló con angulas, truchas y barbos, asistió a un lucio que desovaba en la arena y jugó todo un día con un banco de rutilos; una amable carpa la hospedó varias noches en lo profundo de un remanso; zapateros y libélulas le hacían cosquillas en la espalda; las mariposas volaban bajo para mirarse en ella el colorete de las alas.

La ofendieron las rudas y groseras voces de los sapos, creyó volverse loca con el estridor desapacible de los grillos y cigarras, y se esponjó de vanidad con el largo aplauso de los chopos a su paso. La llenó de espanto el ulular de un cárabo una noche de luna clara; y, sin embargo, antes del alba su terror aumentaría, al acariciar la lumbre del agua el aullido de un lobo fugitivo.

La amenazó incluso el riesgo de muerte. En una ocasión la arañaron las garras de un águila pescadora, y casi la parte en dos el afilado pico de un martinete. Aun así, el peor trago lo vivió una calurosa tarde al quedar atrapada en el pelaje de una nutria. Combatió hasta el anochecer sin lograr desenredarse: los tenaces pelos atravesaban su cuerpo líquido como los barrotes de una celda. Ya desesperaba cuando un brusco movimiento del animal la devolvió a la corriente. De aquel angustioso cautiverio extrajo la lección fundamental de su vida: o era libre o no era río.

          Conforme progresaba lento y sosegado, el caudal de agua soñaba con el mar. No había gota que no ambicionase desbordar los márgenes del lecho, reventar las fronteras y saciar su hambre de libertad. Añoraban el sabor de la sal, el balanceo de las olas y la magnitud planetaria del horizonte.

Les habían contado maravillas del océano: la furia guerrera de una tempestad, el heroico batallar contra arrecifes y acantilados, el descanso en una playa dorada. Deseaban extraviarse en las profundidades del abismo, galopar con las orcas y delfines, dormir bajo la sombra de una ballena. El mar ingobernable era el glorioso destino de la estirpe acuosa.

Como el cauce ensanchaba y las aguas aminoraban la velocidad, las gotas, imaginando próxima la desembocadura, perdían la paciencia. El sol rojo se ocultaba cuando un súbito parón de la corriente aplastó a Albina contra sus compañeras, una de las cuales, encaramándose a una roca y divisando una enorme extensión de agua, anunció:

–¡Es el mar!

Una explosión de júbilo estremeció de costa a costa aquel tramo de río. El tropel de gotas festejó la noticia con abrazos, saltos y bailes. Pero muy poco duró la alegría, ya que una culebra de agua cortó el bullicio siseando venenosa:

–No es el mar, ingenuas gotas, es una presa.

–¿Una presa?, ¿y qué es eso? – interrogaron todas con estupor.

–Es un muro de piedra que nos encarcela aquí para siempre.

          Los años pasaron taciturnos en la presa. Como si el tiempo ensayara el castigo de la vida eterna, los días reemplazaban a las noches todos idénticos, invariables. En el artificial reino del embalse no acontecía nada. El moho del abatimiento apagaba la voz de los seres vivos. El tedio se infiltraba en el oxígeno y el silencio en el hidrógeno, dando a la intimidad del agua un carácter gelatinoso.

          Albina era una lágrima errante en la faz del lago, como las miles de gotas amargas. La parsimonia y el hastío amortiguaban su voluntad. Entregada a la abulia de aquellos montes inundados, se dejaba llevar por las endebles mareas. Muy despacio, aburrida y sin ilusión fue adelantando metros con dirección al dique.

Un día cualquiera, vieja y cansada, logró alcanzarlo.

–Ya hemos llegado – comentó con indiferencia a la que la acompañaba.

–¿Albina?…, ¿eres tú? –preguntó una voz en el muro.

Ella no pudo responder. Esa voz tosca y grave despertaba en su memoria el universo de la infancia. Después de unos segundos consiguió decir:

–¿Calizo?

Y el mismo que había pronunciado su nombre en alguna parte del muro, con una emoción que desbordaba las palabras, exclamó:

–¡Albina, soy yo! ¡Acércate, ven! ¡Llevo años soñándote!

Pero ella no lo veía. No lograba distinguir al feo y agrisado Calizo.

–¿Dónde estás? No puedo verte.

–Aquí, junto a ti. ¡Abrázame, Albina!, ¡mi pequeña Albina!

Y es que Calizo, el noble pedrusco de la sierra, no era más que un pedazo informe de muro, una voz incrustada en el farallón de piedra.

Exaltada por el reencuentro, Albina se apresuró a referir cuanto le había sucedido en tan largo tiempo: las soledades y asperezas del invierno, el rayo milagroso de la primavera, el alocado descenso por la montaña, la magia secreta del río, la amargura de la presa.

Luego fue Calizo quien de esta manera le narró su aciaga suerte:

–El día en que nos separaron, recordarás, después de caer rodando por la cuesta, una pala gigante me levantó del suelo y me depositó en una especie de tanque, junto a otros muchos pedruscos tan aterrados como yo. Nos llevaron lejos, muy lejos, Albina, a un horrible campo donde nos descuartizaban. Igual que en las pesadillas, vi cómo perdían su forma original multitud de piedras y rocas, trituradas hasta quedar convertidas en un montón de arena. Conmigo hicieron lo mismo: descompusieron mi figura y perdí la vista en uno de aquellos mazazos. Lo increíble es que no acabaran con mi vida. Observa alrededor: están todos ciegos, sordos, mudos: están muertos. Me salvé porque no dejé de pensar en ti, algo me decía que volveríamos a encontrarnos. Nunca esta idea me abandonó, por más que mi cuerpo desfalleciera.

”Hecho añicos y mezclado con gotas de agua, di vueltas y más vueltas no sé dónde, hasta quedar blando y débil. Aquéllos fueron tal vez los peores momentos, al notar cómo se evaporaba mi conciencia, que yo confundí con la vida. Luego debí de desmayarme, porque no recuerdo nada hasta llegar aquí. Si transcurrieron días, meses o años, tampoco lo puedo saber. Desperté en este mismo lugar, otra vez duro y sólido como en la montaña, pero cautivo de no sé qué fuerza descomunal y sin haber recuperado la vista. Ahora, después de tanto tiempo, ya no sé si soy Calizo o algo otro que conserva su voz, porque no puedo verme ni palparme…

Y sin embargo estás aquí, Albina, y ya nada me importan mis penas. Seguro que todavía eres la más guapa de las gotas. En muchas ocasiones he creído que todo esto era un sueño espantoso del que despertaría en las cumbres de la sierra, teniéndote sobre mis espaldas y gozando como nunca de la felicidad. Pero los días pasaban inflexibles y el sueño resultaba la única verdad. Hasta llegué a pensar que realmente lo que nunca había sucedido era mi pasado en las nieves, y que tú eras sólo una ilusión. Ahora que hablo contigo y te veo al escuchar tu voz, temo que sea otro sueño y despierte aquí mismo pero sin ti. No me importa consolarme con la fantasía, si me sabe igual que la realidad. Sea esto lo que sea, ojalá no acabe nunca."

Abatida por el dolor, Albina lo abrazó fuerte contra su pecho, y ahogando un sollozo le dijo al oído:

–Mi fiel Calizo, nunca me separaré de ti… ¿Recuerdas?

Pero Calizo no contestó porque estaba sollozando.

          Todo en la presa agonizaba. Las gotas olvidaron su milenaria deuda con el océano, resignadas a morir de hastío en aquel charco miserable. La tenacidad de su desidia acabó pudriendo el agua. La superficie exhalaba un aliento ácido, brotaba espuma hedionda en las riberas y los peces flotaban muertos de asco. Hasta las nubes ligeras embarrancaban en el cieno. Por no intoxicarse, los ánsares y las grullas volaban rodeando el estanque.

          Después de una eternidad, un caluroso día de verano chirrió la garganta de la presa y se abrieron dos grandes compuertas. Despertadas del letargo o resucitadas de la muerte, las gotas corrieron al centro del dique. Escuchaban de nuevo en su memoria genética la poderosa llamada del mar. Se abalanzaron unas sobre otras para alcanzar cuanto antes la madre del río, la senda de la libertad. En aquella memorable ocasión, todas las gotas salvo una consiguieron salvarse.

Susurra el rumoroso río que esa una era Albina, aferrada a Calizo para que no la arrastrara la corriente.

August 13

Monotema III

Con esta locura de abatidas alas,
que se le contagia hasta a las nubes,
que anda rebotando de imagen en espejos,
que no conoce ancla,
que nunca llega a puerto.
Con esta locura
de duendes, de dragones, de luceros
de humo, de miradas
sin brida, sin mojón, sin freno,
converso con la aurora
cuando ambas somos fuego.
Con esta locura
... que todo lo cura.
 
(Aída Elena Párraga)
 
 
Yo No Sufro De Locura, La Disfruto A Cada Momento.

July 24

Envidia

Cuenta la leyenda que, una vez, una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía rápido y con miedo de la feroz depredadora, pero la serpiente no pensaba desistir.
Huyó un día y la serpiente no renunciaba, dos días y nada. En el tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró su frenético vuelo y dijo a la serpiente:

- Puedo hacerte tres preguntas?

- No acostumbro a dar este precedente a nadie pero como te voy a devorar, puedes preguntar.

- ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?

- No.

- ¿Yo te hice algún mal?

- No.

- Entonces, ¿Porqué quieres acabar conmigo?
 

- Porque no soporto verte brillar.
 
 
July 06

Borrando Memoria

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre...
 
 
Palabra
hecha de nada
 
Rama
en el aire vacío
 
Ala
sin pájaro
 
Vuelo
sin ala
 
Órbita
de qué centro desnudo
de toda imagen
 
Luz,
donde aún no forma
su innumerable rostro lo visible.
 
June 14

Desde El Silencio

Y si no sabes qué decir...
Aúlla.
 
May 29

Trailer.

  
 
 
 
Y faltan palabras, sobran emociones. Un recuerdo. Una experiencia. Una melodía. Rickman y sus cafés. Wishaw y sus penetrantes miradas. Lluís y su 'fura des baus' más humana que nunca. Tykwer y sus eternas sonrisas. 800 cómplices. Calor. Sudor. Un pañuelo.
 
Faltan, faltan palabras...
May 26

Strigoiu

     A quien le interese:

 

     No he sabido resistirme.  Torpes palabras para justificar mi debilidad, pero, ¿de qué otro modo, impredecible lector, explicar el estallido en las sienes que me marea, aturde y enmudece? ¿Cómo explicarte a ti, mi desconocido amigo, el temblor de rodillas que atraviesa el hueso, el errático sueño al que sucumbo, tratando de mantener los ojos abiertos para escapar de su invasión?

     Por eso he decidido someterme a sus deseos. Dejar atrás las miradas nerviosas por encima del hombro, sentir el grito estrangulado en la garganta cuando su sombra se funde con la mía, en un juego destinado a enloquecerme. Sus ojos... esos ojos que no Son, y siento clavados en mi nuca, tirando del hilo de mi existencia como el agónico pez que boquea enganchado en el anzuelo, atrayéndome, invadiéndome, agazapado en el silencio a la espera de robar el más débil de mis suspiros.

 

 

     Oh lector... si pudieras comprenderme... si entendieras, en esta caótica misiva, que no me ha dejado más alternativas. Cedo a su oscuridad, a sus promesas, al cálido beso de sus labios fríos, porque no tengo modo de escapar. Y me tiemblan las manos mientras te escribo a ti, cómplice de mi desgracia. Cobarde y egoísta soy al incluirte en mi desdicha, pues sé que no te dejará... ¿O tal vez, en un acto de suma crueldad, hará que me encargue yo?... No te dejará vivir, conociendo su secreto.

Mientras lees, y no puedes dejar de hacerlo, te siente, te huele, enrosca sus largos dedos en torno a ti, con su sardónica sonrisa, planeando la manera de acabar contigo. ¿Percibes el aire, esa brusca ráfaga de viento que sacude las hojas de los árboles...?

     Se acerca. Tal como hizo conmigo. ¿Es, quizá, parte de su plan? Y dentro de unos meses, unos años... cuando tú mismo no puedas controlar esta locura y sucumbas, como yo, al capricho de su perversidad, escribirás otra carta, minutos antes del ocaso, instantes antes de ceder, para lanzarla al mar, aferrado al anónimo perdón de quien la lea.

 

 

     Shhh... Siento algo. Ya viene. Mi vello... mi vello responde a su cercanía como el lobo que localiza en el aire el olor del cazador, y eriza el lomo, más amenazante cuanto más amenazado.

      Si lo intentas, puedes escuchar mi corazón. Ahora. Golpea fuerte, y vivo... que el cielo me proteja... vivo... siento sus ojos... siento sus ojos... está cerca... no puedo... sí... quiero...

 

 

May 23

En El Camino A Casa.

Era muy pequeña cuando mi padre me llevó a un Torneo por primera vez, y quizá, por eso, causó tal conmoción a mis sentidos que, con el paso de los años, no ha hecho más que acrecentarse y aferrarse en torno a mí, como se rodea una araña de su tela.
 
El collage de notas musicales que surgían de laúdes, flautas y violas inundaban el recinto de manera tal que todo vibraba, en una efervescencia armónica y festiva.
Recuerdo, con cristalina claridad, el momento en el que vi, ante un puesto de arte medieval, la ilustración que me hizo, con un suave pero firme tirón al pantalón de mi padre, preguntar, clavando mis abiertos y añejos ojos en los suyos:
 
-¿Cuándo volveré a casa? -Mientras señalaba la bella ilustración.
 

...Aún hoy, me lo sigo preguntando.
 
 
El primer domingo de Julio, se celebra en Llanera la fiesta de Los Exconxuraos, en el recinto ferial. Este festival medieval homenajea una historia pintoresca y extraña.
 
Corría el año 1380 cuando fue nombrado encomendadero de estas tierras Pedro Menéndez de Valdés, de la familia Valdés, propietarios del torreón de San Cucao, aún hoy en pie y administrado por una viuda absolutamente encantadora que, a poco que te distraigas, es capaz de prepararte la cena.
Surgieron agravios ante la encomienda dado que el ilustre Pedro no tenía el beneplácito del pueblo que, harto de sus abusos, se rebeló a principios del siglo XV secuestrando al representante del Obispo para vejarle y humillarle en un acto, supongo, que clamaba llamar la atención y ser escuchados por la máxima competencia.
Esta actitud no podía ser ignorada y el 'simpático' Obispo respondió excomulgando a todos los habitantes del Concejo. Esta excomunión, que sin duda causaría un enorme impacto en su día, duró la friolera de 5 años, hasta que el Obispo rencoroso falleció, y con él su penitencia.
 
Vino especiado, hidromiel, aguardiente, espadas, juglares y la magia de retroceder, durante un día y una noche, a un pasado que aún siento mío.
 
Por si te interesa, viajero errante, tal vez aún queden entradas...
Yo ya tengo la mía, para volver a soñar.
 
 
  • Send a private message
  • Tell a friend
  • Add to your network
Photo 1 of 87